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Chihuahua: cómo el turismo en Barrancas del Cobre mueve la economía serrana

En la Sierra Tarahumara, el turismo en las Barrancas del Cobre no solo atrae visitantes: genera empleos, impulsa negocios y revalora la cultura rarámuri.

La Sierra Tarahumara ha encontrado en el turismo una tabla de salvación. Antes de la reactivación del tren Chepe en 2018, comunidades como Creel y Divisadero dependían de la tala ilegal y el comercio informal. Hoy, el 45% de los empleos en estas zonas están vinculados directa o indirectamente al turismo, según datos del INEGI 2025. Hoteles, restaurantes, operadores de tours y artesanos son los principales beneficiados, pero el crecimiento también ha traído desafíos: la informalidad y la falta de capacitación limitan el impacto real en las familias.

Creel, declarada Pueblo Mágico en 2012, es el epicentro económico de la región. Su mercado municipal, que antes vendía principalmente productos agrícolas, ahora exhibe artesanías rarámuri, café de altura y quesos de cabra. «Hace 10 años, aquí solo se vendía maíz y frijol», cuenta María López, dueña de un puesto de quesos. «Ahora la mitad de mis ingresos vienen de turistas». Sin embargo, el 60% de los negocios en Creel son propiedad de migrantes o empresarios de otras entidades, lo que genera una fuga de recursos. Solo el 22% de los empleos están en manos de rarámuri, según un estudio de la Universidad Autónoma de Chihuahua (UACH) publicado en 2026.

Divisadero, en cambio, vive una transformación distinta. Antes de la apertura del Parque Barrancas en 2019, era una parada olvidada del tren Chepe. Hoy, el teleférico —con 120,000 visitantes anuales— y las actividades de aventura atraen a un turismo más joven y con mayor gasto. El parque genera 80 empleos directos (guías, personal de mantenimiento, vendedores) y otros 150 indirectos en hoteles y restaurantes cercanos. «El sueldo promedio aquí es de $6,000 pesos al mes, casi el doble del salario mínimo estatal», explica Javier Mendoza, gerente del Parque Barrancas. No obstante, los puestos mejor pagados suelen ser para personal no local, lo que mantiene la desigualdad.

En Bahuichivo y Cerocahui, el turismo comunitario es la apuesta. Cooperativas como Rarámuri Aventura ofrecen tours guiados al Cañón de Urique, con tarifas que van desde $700 pesos por persona. «Nosotros decidimos los precios y reinvertimos en la comunidad», dice Tomás Rivas, líder de la cooperativa. Estas iniciativas han reducido la migración juvenil en un 15% desde 2020, según la Secretaría de Desarrollo Social de Chihuahua. Además, el 30% de los ingresos se destina a proyectos como reforestación y becas escolares para niños rarámuri.

La gastronomía también se ha profesionalizado. En Creel, el restaurante La Estancia —antes un comedor local— ahora sirve platillos como chile con queso y carne asada a turistas, con precios que oscilan entre $120 y $250 pesos por persona. «Antes atendíamos a 20 comensales al día; ahora son 80», cuenta su dueño, Luis Fernández. En Divisadero, el Restaurante Barranco emplea a 12 personas y compra ingredientes a productores de la región, como quesos de la Cooperativa Quesos Tarahumara.

Sin embargo, el modelo tiene debilidades. La temporada alta (diciembre a marzo) concentra el 70% de los ingresos anuales, dejando a muchos negocios en quiebra el resto del año. La falta de infraestructura —solo el 40% de los caminos a comunidades rarámuri están pavimentados— encarece el transporte de mercancías y limita el crecimiento. Además, la competencia desleal de operadores turísticos informales (que cobran hasta un 50% menos) presiona los precios.

Para contrarrestar esto, el gobierno de Chihuahua lanzó en 2025 el programa Sierra Viva, que ofrece créditos blandos a microempresarios locales para mejorar sus negocios. Hasta ahora, 120 proyectos han sido beneficiados, desde hostales hasta talleres de artesanías. «Queremos que el turismo no solo sea un ingreso, sino una forma de preservar nuestra cultura», afirma María Elena Morales, coordinadora del programa.

El futuro de la Sierra Tarahumara depende de si logra equilibrar crecimiento con inclusión. Mientras el tren Chepe siga siendo el símbolo de este cambio, las comunidades deberán decidir si quieren ser protagonistas de su propia historia o meros espectadores de un paisaje que, irónicamente, las ha dejado fuera de sus beneficios.